A mis espaldas una mujer, qué digo, una víbora. Un insulto para el género femenino. Deberían extirparle la vulva, amarrarle las cuerdas vocales. Carajea, denigra en su denigro. De en balde sus grandes senos, que a estas alturas no merecen el más mínimo respeto. Una vez más el balompié flagela lo poco que aprecio. Frente al televisor, rodeada de machos verdes, la mujer pierde su esencia. Entre balones sufre una metamorfosis. ¡Métela, métela! Vocifera y vuelve a carajear mientras bajo su falda le crece un pene.

J. M.

Si tú supieras lo que yo sé,  tal vez no sabrías lo que sabes.

Pocas veces tengo encuentros con la escritura, normalmente tomo un libro y dejo que la lectura mitigue el antojo. Poco se puede aportar en un mundo en el que prácticamente se ha dicho todo y que de faltar algo, cualquier otro podría hacerlo (sino es que lo está haciendo ya) mejor. No obstante, esta vez no he encontrado explicación alguna que colme mi sed

Regularmente escribo de atrás para delante, es la primera vez que el titulo precede al ejercicio. Aún en los temas que se me han sido impuestos, suelo comenzar por el final. Toda idea es un desenlace y mi trabajo es llegar a él sin importar los medios. Ahora mismo, tengo la urgencia de dar por sentado el texto, articular el último párrafo y no seguir más. Todo debería empezarse por terminar, mientras que el comienzo se extingue, el final prevalece por sobre la muerte.

Por otro lado, la negativa de dar comienzo a las cosas ha ido menguando. Sin darme cuenta, ha venido siendo empujado por el dinamismo del otro, que en la consumación de sus actos, exige mi participación en la hechura del porvenir. Es por ella que busco el recomienzo, es por ella que levanto el estandarte de la creación, abandonando la destrucción.

A menos que seas alcalde, no es fácil colocar la primera piedra, sobre todo cuando las pretensiones son tan altas. No sólo me he implantado un título, sino que además la construcción del mismo, exige un mayor esfuerzo. No es siquiera un encabezado innovador, todo lo contrario, forma parte de un refrito cuyos orígenes son inalcanzables. Incluso, me parece tan burdo que no me sorprendería encontrarlo en más de un centenar de blogs. Sin embargo, espero dar algo más, no a quien me lee sino a lo que me he decidido a buscar.

Entrando de lleno en la fuente del texto, lo primero que me viene a la mente son los celos, pues son estos el mejor reflejo del devenir amoroso en las redes sociales. Ansiedad perpetua de perder lo que en teoría, jamás habrá de ser nuestro.  Vehemencia liquida, enfermedad del enamorado, traición titubeante, ofrecimiento perdido. 

“A lucia le gusta la foto de Alfredo, Javier ha publicado una foto, Alejando ha comenzado a seguirte, Andrea Victoria ha enviado una foto”. Desde el anonimato se ofrecen, entregan su cuerpo cristalizado en pixeles a cambio de estimulantes contables. En la irrealidad se desenvuelven y buscan la aceptación del ya aceptado. Publico, luego existo.

Sólo los celos pueden ufanarse de poseer una memoria perfecta, aunque dolorosa (Fadanelli). Memoria perfecta que se perpetúa en todos los tiempos. En las redes, la celotipia se exacerba e incluso se desvaloriza. No es más un juego de pares que se crean y se recrean, es todo un ejército. Multiplicidad de escenarios, encuentros y desencuentros al alcance de tu dedo.

Lucerito ha subido una foto: muslos amplios, short recortado, glúteos levantados, blusa remangada hasta más allá del ombligo, cadera arqueada, brazos juntos presionando los senos, labios pintados. Llueven los inbox, se disparan las notificaciones. Luis Carlos comenta, José Eduardo publica, Gerardo eyacula. Los hombres, sin embargo, la tienen más complicada. Limitados por la censura, sustituyen sus falos por multifuncionales Apple, botellas de Bacardi, peinados extravagantes, anabólicos o carros usados. Laiquean a diestra y siniestra. Revisan, descargan, trafican.

Al instante no lo vemos, ¿pero no acaso no es lo mismo un like que una mirada al culo de una chica que pasa? ¿No acaso es igual o peor un stalkeo a un coqueteo cuerpo a cuerpo? Cómo no sentir celos frente a la colectivización del ser amado. ¿No el fin máximo de toda pareja es la desaparición? La entrega de sí mismo, la renuncia absoluta.

El amor se virtualiza, incorpóreo se vuelve ilusorio, se mitifica. Estamos probablemente ante la desaparición de la monogamia, la suplantación del sexo por el nosexo, la extinción del romanticismo. Era de distanciamiento y asexualidad.  Estamos frente a la caída, cuya única medicina es la desaparición. En la espera de un mundo que recupere el sentido romántico de la vida y junto con él, la tradición de los noviazgos largos, las serenatas, las cartitas perfumadas, los apretones de manos entre las rejas de los balcones… dónde el amor fuera una necesidad del alma y no un capricho del culo (Serna, Enrique).

No hay mayor oprobio que el de un cigarro mal fumado, pienso. Frente a mí, dos adolescentes en apariencia mayores, pero que a juzgar por la violencia de sus ademanes y lo mal que aspiran el humo del cigarrillo, lo más probable que no excedan los quince. A su derecha, un Vips de arquitectura holgada, de sus cristales sobre salen dos mesas. La primera pertenece a un grupo de comadronas bien peinadas y maquilladas hasta los dientes. A juzgar por el exceso de pedrería, sus maridos no las satisfacen. A pesar de la distancia, puedo oler la piel de sus asientos, camionetas grandes, de tres cabinas. Por la manera en que sostienen el alcaloide en los labios, se adivina la urgencia del falo ajeno. Me resulta imposible verlas fumar. En la mesa de junto un hombre maduro acicala el tabaco en la tapa de su reloj, frunce el ceño y emprende la vaporada, mientras lee la revista proceso. Deberían prohibirles fumar en público.

Hace tiempo que no encendía un cigarrillo. Habría deseado romper la abstinencia con un Popular, pero en el puesto sólo había Benson. Bastó un chispazo para encender la fumarola. Mis fosas se despertaron, primero la derecha, luego la izquierda. Un ligero cosquilleo invadió mis piernas y por un instante me sentí caer. Cinco pulsaciones arriba, me sentía más relajado. Superado el mareo y demás sensaciones somáticas, me dediqué a disfrutar del tabaco. No era yo quien lo consumía, era el cigarro el fumador en potencia, fumada a fumada me disolvía junto al humo mentolado.

Tres cuadras y un cruzar de piernas bastaron para extinguir al cigarro. En menos de cinco minutos se había evaporado ya el alquitrán, la nicotina y el cianuro. Una breve batalla entre el goce y la muerte, eternidad de lo efímero. Sólo hay dos cosas en las que podría gastarme la vida entera, en las que podría mantenerme estático. La primera es el sexo y la segunda es el tabaco. Si pudiese sustituirá la exhalación del dióxido por la del monóxido. Pero tanto la erección ininterrumpida como la sustitución del dióxido por el monóxido son biológicamente imposibles, no me queda de otra que vivir del momento.

Las razones por las que deje de fumar son bastante simples e intentar dar explicaciones sería caminar por terrenos ya conocidos: la salud, la hipocondría o la economía. Es el retorno al vicio lo que realmente me intriga. A diferencia de la mayoría, solamente puedo fumar en momentos de tranquilidad, cuando más relajado me siento, de lo contrario me es imposible encender un cigarro. Fumar es un acto que merece respeto y solemnidad, pocas veces se puede jugar de tan cerca con la mortandad.

Hoy es distinto, es el estrés lo que me ha traído hasta aquí. Una fractura amorosa, para ser más exactos. Ha sido un desgarro lo que me ha llevado a traicionar mi pacto con el cigarro. A estas alturas, nada me diferencia del adolescente o la gallina o el intelectual de poca monta. Probablemente mi subconsciente es el que me lo implora, es él quien busca la muerte. Una muerte digna, pues no hay mayor fortuna que la de afrontar tu destino de la mano de un viejo amigo.

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido, dice Neruda. Tres meses, dos, diez, veinte años o incluso medio siglo.  Nunca es suficiente, nunca. No importa la escala con que se mida. La naturaleza del amor es perecedera. Independientemente de las causas del rompimiento, nos resistimos a dar por terminada la relación. Y es que, en el fondo, uno no debería dar por sentadas las relaciones, uno debería conservarlas, tal y como se conservan los amigos y los enemigos. Por otro lado, la muerte es algo que se asume tarde o temprano y una vez reconocida, deberíamos tener la libertad de elegir nuestros propios abismos, ser libres de cargar nuestras propias lapidas.

En este sentido, me parece atroz la publicidad de las cajetillas, de la rata parda al seno mutilado. Bastante nos cuesta asumir nuestro destino, para que alguien nos diga como sí y como no se debe morir. Lo mismo pasa con las relaciones de pareja: “no lo hago por mí, lo hago por ti”. Cuantas veces no he escuchado esto e incluso cuantas veces no lo he llevado a la práctica. ¿En qué momento se nos fue concedido el poder de decidir por los demás? Es decir, ¿el enamoramiento nos declara mentalmente incompetentes? Diosecillos de mierda jugando a los héroes más allá del bien y del mal. Verdugos de la voluntad.

Es por eso que lo vuelvo a repetir: superado el miedo a la muerte, uno debería tener derecho a elegir sus propios verdugos. Hay males que son necesarios, males que más que males se convierten en bienes. Lo único que nos queda es ser benevolentes y en todo caso confesar lo siguiente: lo hago por mí. Y de no ser esto posible, ¡déjenos morir en paz! 

Jorge Murillo

"Mi interés por el dinero es ajeno. Me interesa porque le interesa a las personas que me interesan. Por lo demás, no me interesa."
— JM
"Lo que se necesita para ser feliz: Una cama, alguien con quien compartirla, una extensa biblioteca, un frasco de Nescafé y un tarro enorme de antidepresivos en caso de que nada de lo anterior funcione."
— J. Murillo