A mis espaldas una mujer, qué digo, una víbora. Un insulto para el género femenino. Deberían extirparle la vulva, amarrarle las cuerdas vocales. Carajea, denigra en su denigro. De en balde sus grandes senos, que a estas alturas no merecen el más mínimo respeto. Una vez más el balompié flagela lo poco que aprecio. Frente al televisor, rodeada de machos verdes, la mujer pierde su esencia. Entre balones sufre una metamorfosis. ¡Métela, métela! Vocifera y vuelve a carajear mientras bajo su falda le crece un pene.

J. M.

No hay mayor oprobio que el de un cigarro mal fumado, pienso. Frente a mí, dos adolescentes en apariencia mayores, pero que a juzgar por la violencia de sus ademanes y lo mal que aspiran el humo del cigarrillo, lo más probable que no excedan los quince. A su derecha, un Vips de arquitectura holgada, de sus cristales sobre salen dos mesas. La primera pertenece a un grupo de comadronas bien peinadas y maquilladas hasta los dientes. A juzgar por el exceso de pedrería, sus maridos no las satisfacen. A pesar de la distancia, puedo oler la piel de sus asientos, camionetas grandes, de tres cabinas. Por la manera en que sostienen el alcaloide en los labios, se adivina la urgencia del falo ajeno. Me resulta imposible verlas fumar. En la mesa de junto un hombre maduro acicala el tabaco en la tapa de su reloj, frunce el ceño y emprende la vaporada, mientras lee la revista proceso. Deberían prohibirles fumar en público.

Hace tiempo que no encendía un cigarrillo. Habría deseado romper la abstinencia con un Popular, pero en el puesto sólo había Benson. Bastó un chispazo para encender la fumarola. Mis fosas se despertaron, primero la derecha, luego la izquierda. Un ligero cosquilleo invadió mis piernas y por un instante me sentí caer. Cinco pulsaciones arriba, me sentía más relajado. Superado el mareo y demás sensaciones somáticas, me dediqué a disfrutar del tabaco. No era yo quien lo consumía, era el cigarro el fumador en potencia, fumada a fumada me disolvía junto al humo mentolado.

Tres cuadras y un cruzar de piernas bastaron para extinguir al cigarro. En menos de cinco minutos se había evaporado ya el alquitrán, la nicotina y el cianuro. Una breve batalla entre el goce y la muerte, eternidad de lo efímero. Sólo hay dos cosas en las que podría gastarme la vida entera, en las que podría mantenerme estático. La primera es el sexo y la segunda es el tabaco. Si pudiese sustituirá la exhalación del dióxido por la del monóxido. Pero tanto la erección ininterrumpida como la sustitución del dióxido por el monóxido son biológicamente imposibles, no me queda de otra que vivir del momento.

Las razones por las que deje de fumar son bastante simples e intentar dar explicaciones sería caminar por terrenos ya conocidos: la salud, la hipocondría o la economía. Es el retorno al vicio lo que realmente me intriga. A diferencia de la mayoría, solamente puedo fumar en momentos de tranquilidad, cuando más relajado me siento, de lo contrario me es imposible encender un cigarro. Fumar es un acto que merece respeto y solemnidad, pocas veces se puede jugar de tan cerca con la mortandad.

Hoy es distinto, es el estrés lo que me ha traído hasta aquí. Una fractura amorosa, para ser más exactos. Ha sido un desgarro lo que me ha llevado a traicionar mi pacto con el cigarro. A estas alturas, nada me diferencia del adolescente o la gallina o el intelectual de poca monta. Probablemente mi subconsciente es el que me lo implora, es él quien busca la muerte. Una muerte digna, pues no hay mayor fortuna que la de afrontar tu destino de la mano de un viejo amigo.

Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido, dice Neruda. Tres meses, dos, diez, veinte años o incluso medio siglo.  Nunca es suficiente, nunca. No importa la escala con que se mida. La naturaleza del amor es perecedera. Independientemente de las causas del rompimiento, nos resistimos a dar por terminada la relación. Y es que, en el fondo, uno no debería dar por sentadas las relaciones, uno debería conservarlas, tal y como se conservan los amigos y los enemigos. Por otro lado, la muerte es algo que se asume tarde o temprano y una vez reconocida, deberíamos tener la libertad de elegir nuestros propios abismos, ser libres de cargar nuestras propias lapidas.

En este sentido, me parece atroz la publicidad de las cajetillas, de la rata parda al seno mutilado. Bastante nos cuesta asumir nuestro destino, para que alguien nos diga como sí y como no se debe morir. Lo mismo pasa con las relaciones de pareja: “no lo hago por mí, lo hago por ti”. Cuantas veces no he escuchado esto e incluso cuantas veces no lo he llevado a la práctica. ¿En qué momento se nos fue concedido el poder de decidir por los demás? Es decir, ¿el enamoramiento nos declara mentalmente incompetentes? Diosecillos de mierda jugando a los héroes más allá del bien y del mal. Verdugos de la voluntad.

Es por eso que lo vuelvo a repetir: superado el miedo a la muerte, uno debería tener derecho a elegir sus propios verdugos. Hay males que son necesarios, males que más que males se convierten en bienes. Lo único que nos queda es ser benevolentes y en todo caso confesar lo siguiente: lo hago por mí. Y de no ser esto posible, ¡déjenos morir en paz! 

Jorge Murillo

Es así como pasa la vida frente a tus ojos, evanescente y tenue. Detrás de un vaivén de caderas, la humanidad se disuelve. Cara o cruz, vida o muerte. “Cuando te toca, aunque te quites. Cuando no te toca, aunque te pongas”.

¿Cara o cruz? Cincuenta y cincuenta, dos a uno. Falacia del jugador. La probabilidad se extingue frente a la igualdad de las partes: cruz es cara como cara es cruz. ¿Vivir o morir? No se distinguen lo uno de lo otro. Se está vivo como se está muerto, independientemente de si se permanece o no. Irse o permanecer no dicen mucho cuando se es presa de un cuerpo aguitarrado. Permanecer o no es morir ya, es vivir ya.

Se puede vivir y morir simultáneamente sin necesidad de formar un oxímoron, se puede vivir y morir por la sencilla homología de las partes. Así como se puede estar sin estar, se puede vivir y morir en paralelo. Desconozco el término lingüístico para tremenda ambigüedad y lo más lógico apunta a que ni siquiera exista. Sólo la lógica puede nombrarse, lo inexistente se limita a sentirse. En todo caso, a falta de una dialéctica y bajo la breve certeza de ser un idiota, no me queda de otra que apechugar y seguir como ese ente que vive y que muere frente a su opuesto.

[…]

Varias veces he visto pasar a la muerte frente a mis ojos, probablemente sea el hombre que más encuentros ha tenido con esta. Ni siquiera Roy Sullivan y sus siete rayos podrían hacerle sombra a mis casi quinientos rayos. -¡La he librado!- Se dicen glorificados, a lo que respondo: qué me parta un rayo.

Como lo mencioné, han sido varios mis encuentros con la muerte, lo que me llevó hace unos meses a levantar un pequeño estudio. Con la intención de prevenir dichos sucesos, comencé a anotar las generalidades que hasta entonces habían acompañado al fenómeno. Abarqué lo más que pude, lugares y fechas posibles y como era de esperarse, los resultados fueron desalentadores. Es imposible calcular el momento en que uno será partido.

Ayer, por dar un ejemplo, fui abatido por uno de estos relámpagos. Parecía ligero, de bajo voltaje; de los que no dejan secuelas. El primer choque fue tembloroso, como si la verdadera intención del atacante hubiese sido fintarme, pero en su descuido, logró rozarme. Dicen que un rayo no cae dos veces en un mismo lugar, sin embargo, éste cayó de nuevo y esta vez fue implacable.

De pronto me vi aturdido, un cosquilleo eléctrico me recorrió de pies a cabeza. Sudores fríos corrían por todos mis poros. Las mejillas estaban rojas, producto del corto circuito entre el agua salina y la electricidad del trueno. Me encontraba paralizado, legado a la tierra sin poder mover siquiera la vista.

Ligeramente recuperad, lo primero que pude observar fue su cadera, amplía y firme, a lo que le atribuí la finta. Lentamente recorrí todo su cuerpo hasta llegar a la fuente del rato, sus ojos. Mirada profunda, modestamente perdida, recalcada por un par de ojera bien definidas. Debajo de las ojeras, salían ligeros surcos violeta que le daban mayor profundidad y sensación de abismo. De haber podido, habría saltado como tantos hombres lo habían hecho ya.

Por un instante, salió de mi campo de visión, lo que me dio tiempo suficiente para recuperar la movilidad y el habla que aún no tenía. Se movía constantemente, torturándome de perfil y tres cuartos. Cuando se mostraba de espaldas, me daba la oportunidad de poder observarla sin desfallecer. Para gozar de anchas caderas y abultados glúteos, se movía con ligereza y cierta humildad. Probablemente poseía cualidades inmateriales, bastante inusual en los culos grandes, o estaba cansada del constante atropello machista. De las miradas obscenas y los piropos infames. O más aún, el talud de sus ojos no requería del uso de artimañas carnales.

El lugar era pequeño, tan sólo una cocina, un cuarto y un par de mesas. Al fondo, reducido por angostos muros, se dibujaba el cuarto del que se apreciaba un refrigerador plata que se hacía notar cada que se habrían sus puertas. Los muros no eran muy anchos, pero eran lo suficientemente gruesos para albergar una o dos siluetas.

Entre los muros, me dejó observar con mayor detalle el lugar. Jarrones de barro, peceras pequeñas y muchos volantes de baja calidad, fruto de una mala logística y una esperanza a mala plantada. En la mesa contigua, había una pareja que hasta entonces me era invisible e inaudible.

La chica era de una belleza evidente y un cuerpo envidiable, aunque efímera. Su acompañante daba la pinta de ser un imbéciles que de haberse quedado callado, me habría dejado con la zozobra de si lo era o no. Ligeramente atractivo, lo que me hizo desconfiar aún más, siempre he dicho que la belleza física es un monopolio femenino.

Se mostraban seguros de sí mismos, “casuales en un mundo típico”. Podrían pasar por estudiantes de derecho o de alguna carrera absurda de la Madero. Es impresionante el pragmatismo y el desapego por el que se rigen las generaciones actuales. Pero sobre todo, me sorprende que a estas alturas se siga anhelando el estilo de vida a la “american way of life”: el perro, el auto, los hijos, el reconocimiento, la felicidad y el psicoanalista en caso de que no se alcance lo anterior. El problema de la juventud es que no hay juventud.

Cansado de escuchar apellidos, inglés lambiscón y el nombre de un bar que será cambiado de nombre en unos meses para darle “novedad”, me di la vuelta y decidí no escuchas más. Sin embargo, siendo el ligar tan pequeño, el ruido no tenía por donde escapar. De no ser porque la puerta del refrigerador se abrió y con esta la silueta se desprendió, no habría podido acallar la insensatez de sus voces.

De nuevo todo se congeló. Anulación de tiempo y movimiento. El compartimento oscuro, que no expedía los seis metros cuadrados, se agigantó. De refugiada se convirtió en cazadora. La cueva ya no era la cueva sino la entrada a otra cueva, la mía, el ahora refugiado. Brutal e indolente, derramó humor vítreo, incertidumbre. ¿Vida o muerte? Al final que es la mujer sino una caso de vida o muerte.

J.M.

"Mi interés por el dinero es ajeno. Me interesa porque le interesa a las personas que me interesan. Por lo demás, no me interesa."
— JM

Hace más de cinco horas que lo pienso y lo repienso. Jamás había retenido un culo en mi cabeza por tanto tiempo, regularmente pasados los treinta minutos estos son expulsados y posteriormente olvidados, pero este parece haber llegado para no levantarse. Por otro lado, no es recomendable guardarlos por lapsos mayores a las doce horas, pues se corre el riesgo de caer en el Coitus interruptus.

Cualquier otro culo habría obtenido una respuesta casi inmediata, física y vigorosa. Pero culos como el de hoy, exigen un mayor esfuerzo. Es por eso que escribo esto, como una especie de “oda al culo”. Narración seminal, literatura dactilar (por darle un nombre).

El reloj marcaba la una y como cada miércoles, mi radar permanecía más alerta que de costumbre. Sabía que en cualquier momento podía aparecerse y robarme el suspiro más grande del día, con suerte un hola y un par de palabras entrecruzadas. Para un vouyerista como yo, esto sería suficiente y cualquier cosa de más resultaría un exceso.

El calor invernal me jugaba una mala pasada, resistí lo más que pude, pero el sudor de mi espalda me orilló a buscar un pedazo de sombra. Moverse mucho podía significar no verla o verla en condiciones poco óptimas. Sin embargo, camino a la sombra, algo me hizo voltear. Los hombres tenemos la habilidad (si es que esto se puede considerar como una habilidad) de voltear en el momento preciso, con una fidelidad impresionante. Es una especia de brújula infalible que conduce a las formas más sagradas de la evolución.

Allí estaba, snapshot. El sol, que hasta hace poco era insoportable, se posaba por todo su cuerpo, alumbrando pliegue por pliegue. Hasta el sol suele ser benevolente con las criaturas más hermosas. Lo que a mí me provocaba salpullido, a ella parecía sentarle muy bien. Como la flor que crece n solitario en medio de tanta nieve.

Lo siguiente fue una sucesión de pulsos. Miré y me miré de regreso, no podía creer a dónde estaba mirando o más bien, no podía creer lo que estaba mirando. “Todos los cuerpos su cuerpo”. Estaba muy cercana al rincón, pero cualquiera que la haya visto sabría como yo que ese no era el rincón sino el centro.

Allí estaba ella, en el centro, en lo alto, en el Ecuador. Cuerpo idolatrado entre todos los hombres. Intangible, inocente. Si pudiera, le rendiría tributo. Nunca antes había visto algo igual, incluso verla desnuda habría resultado menos obsceno que verla vestida. Se visten sin saber que van desnudas.

Días como hoy, el darwinismo cobra fuerza y, dios me salve del más fuerte. No era sólo un culo, sino el culo y la tela. Aquel telar pantera cobraba vida y se volvía quizá, más atractivo que el culo mismo. Era como si aquel pantalón mate fuese un órgano ajeno, no era el culo quien gritaba auxilio sino el pantalón.

En la etiqueta del telar podía leerse: 60% algodón, 35% poliéster y 5% elastano. Mentira. Había más que eso no era todo algodón ni todo poliéster ni todo elastano. Había piel, deseos, sombras, soles, transparencia, latidos, manos, mis manos, huellas y uñas. Pedazo de sombra empalmada, piel luciente.

Entre tanto bullicio, el silencio se hizo presente, cesando así las plegarias. Close-up. El ritual había comenzado. El culo dejó de ser “el culo”, paso de el a él. Éramos ella, él y yo detrás del telón del deseo. Entonces, se abrió el telón y por un instante todo dejo de ser sombra.

Latidos furiosos / Piel luciente

De la sombra a la transparencia, del cuerpo a la sombre intocable. Imaginación derramada, escena pensada. Todo cesó.

[…]

El culo, cansado de estar sentado se ha levantado. Me voy, que me viene*.
Moraleja: No hay nada más estimulante que escribirle a quien desconoce que le escribes.

*Javier Krahe

Jorge Murillo