Los cuentos que yo cuento: El Penúltimo Tren
Español de pasaporte, de nacionalidad errante, con la frente marchita y un boleto de tren con regreso al hogar. Prejubilado y con aires de bisnietos amenazado se vio por el colon inflamado.
Sin drogas, sexo y rock and roll el tren por poco se vio descarrilado. Mientras tanto del otro lado las horas pasaban suicidas ante cada retraso.
Ya medianamente sano y con sombrero de bombín reanudó las fechas de su próximo viraje. La gente caminaba y miraba el reloj con la esperanza de aventajar el viaje.
Hacía la Ciudad de los Ángeles iba el “Penúltimo tren” con arribo al American Airlines. Con olor a porro sonó el blues a su llegada. Delirantes masas lo abrigaron, a lo que él respondió sin total demagogia: Este país me toca especialmente el corazón.
La cita era a las ocho con treinta y las horas aunque pocas se iban volviendo minuto a minuto más insolventes.
Dadas las ocho el reloj se disparó perdonando las horas perdidas. Jóvenes adultos, literatos, bibliófilos, melómanos, chiquirucos y hipters abultaban el auditorio.
Embutacado y con el corazón en las sienes me aliste para corear al toro sin ruedo. Eran las ocho con treinta y el telón oscuro desapareció de mi vista. Dos acordes menores y el átono silencio le dieron inicio.
De su bolsillo saco un epistolario y al son de los tres mosqueteros, “todas para uno y uno para todas”, se puso cantar.
“Sus pupilas contaban historias para no dormir”. Las oraciones pasaban suicidas como el tic-toc del reloj y sin darnos cuenta nos dieron las diez, pero ya no dieron las once.
Fuente: flacoubeda
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